«No sé cómo volví al campamento, pero me encontré tambaleándome hacia la tienda de consagración, completamente llena de menesterosos: unos quejándose, otros riendo y otros gritando; cerca de un roble intenté rezar, pero cada vez que llamaba a Dios algo que me parecía una mano humana me ahogaba. No sé si había alguien cerca de mí o no; pensaba que si no pedía ayuda moriría, pero cada vez que deseaba rogar de nuevo aquella mano invisible me agarraba el cuello y apretaba. Al final alguien dijo: "Arriésgate a expiar tu culpa porque si no lo haces morirás igualmente." Todavía con la presión y el ahogo hice un último esfuerzo por llamar a Dios en mi socorro, decidido a terminar la plegaria de misericordia aunque me ahogara y muriese, y lo último que recuerdo es que caí al suelo con la misma mano invisible en el cuello. No sé el tiempo que permanecí allí ni lo que pasó, no había compañero alguno y cuando volví en mí una multitud estaba a mi alrededor rogando a Dios. No fue sólo un momento, durante todo el día y la noche más bien ríos de luz y gloria parecían filtrarse en el interior de mi alma y, ¡oh, cómo había cambiado!, pareciéndome distintas todas las cosas: mis caballos, los cerdos, todo parecía distinto.»
«No sé cómo volví al campamento, pero me encontré tambaleándome hacia la tienda de consagración, completamente llena de menesterosos: unos quejándose, otros riendo y otros gritando; cerca de un roble intenté rezar, pero cada vez que llamaba a Dios algo que me parecía una mano humana me ahogaba. No sé si había alguien cerca de mí o no; pensaba que si no pedía ayuda moriría, pero cada vez que deseaba rogar de nuevo aquella mano invisible me agarraba el cuello y apretaba. Al final alguien dijo: "Arriésgate a expiar tu culpa porque si no lo haces morirás igualmente." Todavía con la presión y el ahogo hice un último esfuerzo por llamar a Dios en mi socorro, decidido a terminar la plegaria de misericordia aunque me ahogara y muriese, y lo último que recuerdo es que caí al suelo con la misma mano invisible en el cuello. No sé el tiempo que permanecí allí ni lo que pasó, no había compañero alguno y cuando volví en mí una multitud estaba a mi alrededor rogando a Dios. No fue sólo un momento, durante todo el día y la noche más bien ríos de luz y gloria parecían filtrarse en el interior de mi alma y, ¡oh, cómo había cambiado!, pareciéndome distintas todas las cosas: mis caballos, los cerdos, todo parecía distinto.»
«Había asistido intermitentemente a una serie de servicios revivalistas durante dos semanas. Estuve invitado en varias ocasiones al altar y cada vez quedaba más profundamente impresionado, hasta que decidí que lo tenía que intentar o estaría perdido. Me di cuenta vívidamente de la conversión como si me despojasen de una tonelada de peso del corazón, una extraña luz parecía iluminar toda la habitación (estaba oscuro), una suprema felicidad que me hacía repetir "Gloria a Dios" me poseyó durante mucho tiempo. Decidí ser hijo de Dios para siempre y dejar la ambición que acariciaba, el dinero y la posición social. Mis hábitos de vida anteriores impedían de alguna manera mi crecimiento, pero decidí superarlos sistemáticamente y en un año mi naturaleza toda cambió, es decir, mis ambiciones fueron de otro orden.»
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